lunes, 11 de junio de 2012

Malvín está húmedo





Malvín está húmedo




Malvín está húmedo, rebosante de agua en los recovecos de las calles, y en los pocitos entre las baldosas en las veredas; los árboles dejan caer grandes gotas frías sobre el suelo y sobre los que pasan, y el aire lleno de lluvia es una mezcla del salobre del mar y el verdor de los jardines, una mezcla aromática de gustos y colores.
Al caminar no se presencia sino un desfile de luces que aclaran el cielo y de sombras que vuelven a oscurecerlo, una cuna y una tumba para un día que no nace del todo y ya se está muriendo.
Llevo atado a mi entraña un extraño sentimiento: ¿será el día o seré yo?
¿Quién se está lloviendo tan pausadamente que se diluye entre las cosas que pueblan este mundo de formas?
No lo sé, no logro entenderlo. De pronto me siento enredada en las ráfagas del viento. Yo misma me siento ráfaga, me siento parte de esta humedad, y de este silencio. Yo misma me siento llover e inundar con mi etérea presencia esos mismos pozos en las baldosas picadas, y en las calles saladas y arenosas.
Yo misma me siento mar loco, desbordado, desquiciado de tanto mecerse.
En mi entraña de mujer, no siento sino al mar. En lo más íntimo de mis formas, no siento sino esfumarse con voluptuosidad, todo lo que me hace deshacerme en caricias e integrarme en la comunión de los cuerpos: ya no hay mujer, sino un inmenso espacio que comulga con el viento.
Malvín me duele en la piel, ¿o soy yo el dolor en la piel de Malvín?
No lo sé, estoy integrada a otra piel, a la de ese viento, y mi cuerpo sedoso e inmenso, toca con manos húmedas los rostros tibios y los pies fríos de los que pasan corriendo.
Entre las sombras extrañas que se dibujan cuando un trozo de sol recorta las nubes, veo sin poder entender, que una va adherida a mis talones, y entonces un golpe, que marea mi estómago, me comprime como en una homotecia para que vuelva a caber dentro de un cuerpo tan pequeño.
...Todo se escapa, y mi mente enorme deja de comprender las formas octaédricas de las gotas de lluvia, los principios de la física que las hacen caer y desperdigarse; dejan mis ojos de ver las partículas en las gotas, el polen suspendido en el aire, la ceniza que vuela desde una ventana y recorre grandes distancias para poco a poco ir desintegrándose, el insecto absurdo que mastica las hojas; dejan mis oídos de escuchar como se acercan las olas a la playa o el sonido de las nubes al alejarse ...
Vuelvo a ser yo caminando por Malvín, y el dolor vuelve a ser mío.
Como en una disección, siento entonces, que mi alma se desgarra del alma del viento.



©Paula Cruz

2 comentarios:

  1. Un texto removedor, y por momentos doloroso...Siempre me han atraído las sensaciones de quienes viven su día a día cerca del mar, me pregunto qué sería de mis letras si me hubiera tocado a mí tenerlo tan cerca...Me quedo con la imagen del insecto absurdo, que deja de serlo cuando se enreda entre las palabras de una poesía. Sigo leyendo. Saludos.

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  2. Hugo, el mar sin lugar a dudas tiene un encanto especial y mueve sentimientos.
    Cuando necesito pensar me siento frente al mar.
    Besos al alma.

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